Volver a casa

Soy de una generación que no vivió guerras, no vivió pestes, e incluso en nuestra situación geográfica, tampoco catástrofes naturales, pero viví de lleno la globalización, esa que hizo que un ruido en China o Japón, se escuche acá a la vuelta.

Y así fue, un día nos despertamos con una nueva gripe en China, que en menos de 2 meses había viajado a Europa, y en 3 nos estaba golpeando la puerta a nosotros.

Sin poder pararlo, el tiempo empezó a durar menos, empezamos a correr escapando de algo que nos alcanzaba, que corría mas rápido que nosotros, y la única forma de vencerlo era esconderse como cuando éramos chicos. Fue entonces que a una velocidad inimaginable debíamos quedarnos en casa, dificultar que nos encuentren, y formar un equipo de 40 millones.

Muchos de los nuestros habían quedado afuera, y teníamos que traerlos de nuevo, para que ayuden, aunque se nos cuele alguien que iba a patear en contra, los buenos, siempre, somos más.

El país que conocíamos se paraba, se escuchaban silencios (en este caso, cómodos), que nos decían que estábamos intentándolo. Ruidos que nos hacían ver que esto no iba a ser fácil. Y en todo este contexto, la conexión con el mundo se cortaba, o se reducía a la mínima expresión. Iba a ser más difícil sumar integrantes al equipo.

Por eso ese llamado sorprendió.

«Te vas mañana a Lima, Perú». Vuelo de repatriación, una palabra rara en estos tiempos. La aviación es un ambiente dinámico-constante (puede que haya inventado este término), esto hace que todo se vuelva quieto a la vez, y que algo fuera de lo común sea movilizante.

Era salir a la calle luego de unos días, era estar expuesto a ese enemigo que corre más rápido que vos, pero era sumar al equipo a los nuestros, esos que querían ganar acá, en su tierra, con los suyos, con su familia.

Para allá vamos, Ezeiza, en una ciudad escondida donde dos controles nos permitían el paso y dejábamos atrás la seguridad del hogar. Toda la tripulación estaba feliz, era sentirse un poco más útil en estos días de estanqueidad. Y allí estábamos, pasando entre aviones que estaban en tierra, pistas que no escuchaban ruidos y nubes que estaban solas. Cuando el control nos dijo: «Argentina, despegado 12:05, nos vemos a la vuelta, cuídense», creo que todos imaginamos que iban a ser horas de emoción.

El avión se elevaba, y nosotros, como niños, pegábamos la cabeza al vidrio para que el reflejo no nos haga perder de nada. Eran imágenes que veíamos siempre, pero creo que internamente sabíamos que íbamos a pasar un tiempo sin verlas, y queríamos guardarlas frescas en la memoria. La radio en silencio, rutas vacías, y un día que hasta las nubes estaban en cuarentena. Llegábamos al cruce de la cordillera, esas montañas infinitas que se aplanan en el noroeste de Argentina para formar unas mesetas altísimas.

El altiplano nos mostraba una infinidad de volcanes, salares, colores, que no alcanzábamos a retratar.

Argentina quedaba atrás, la abandonábamos por un rato (que no iba a ser muy corto), para sobrevolar el Pacífico. Para saludar, en ese silencio mundial, a unos amigos que venían de otro vuelo. Que charlábamos en un whatsapp radial de su experiencia en México, también, como nosotros, se habían anotado para hacer vuelos.

Casi sin darnos cuenta, ya habían pasado más de tres horas, y estábamos descendiendo a la ciudad de Lima. Nos recibía extrañamente sin nubes, en silencio, como nunca la habíamos visto. El aeropuerto cerrado y solo un sector militar abierto nos daba la bienvenida. Presentíamos que no iba a ser tan fácil salir de ahí.

Las horas pasaban, como en estos tiempos, rápido cuando uno quiere que el reloj pare, y lento cuando las horas se hacen eternas. Nos corría el horario de cierre del aeropuerto, y las noticias para poder salir no eran buenas. Lo que teníamos en claro era que no nos íbamos a ir solos, era unánime la decisión de quedarnos lo que hiciera falta. Que nuestras familias nos iban a esperar, como las familias de los argentinos que estaban allí, los estaban esperando a ellos.

Contra todo pronóstico de ir y volver rápidamente, ese horario de cierre del aeropuerto nos acorralaba contra un rincón. Nos hacía ver por primera vez que por ahí nos teníamos que quedar en Perú. Porque nunca estuvo en duda, íbamos a esperar lo que haga falta. Sin ropa, sin tenerlo previsto, y con los miedos lógicos, el tiempo se agotó, y de Lima, por lo menos ese día, no pudimos salir.

Nos reagrupamos. Dos tripulaciones con risas incómodas nos alistábamos para quedarnos a pasar la noche.

De Lima siempre recuerdo algunas cosas: el ruido, la gente en la calle, el tráfico, y las bocinas. Hoy me cuestionaba internamente si realmente estaba en esa capital. Una ciudad oscura, silenciosa, con calles vacías, monumentos solitarios, semáforos titilantes, me costaba reconocer el lugar. Llegábamos a un hotel que iluminaba un poco la escena. Que nos recibía por unas horas para esperar, sin certezas, si mañana sería el día de volver. Con todos.

Algo de ruido de Argentina llegaba a nuestros celulares, estos vuelos dependen mucho más de los países a los que vamos, que de nuestro propio país. Por eso estaba todo difícil, Perú ponía muchas limitaciones, y todo se hacía cuesta arriba. Pasamos esa noche, con mucha conexión con la familia, intentando llevar un poco de tranquilidad. Cuando todo está en silencio, en una especie de equilibrio, cualquier piedrita que mueva ese agua suena muy fuerte. Y eso, obviamente, les pasaba a nuestros familiares que nos estaban esperando.

Amanecía en Lima, y ese sol traía una nueva oportunidad. Nuevamente intentaríamos salir. Por momentos trataba de ponerme en el lugar de alguien que desea volver a su país, ver a su familia, pelearla en casa, con los suyos. Lo único que deseábamos era poder traerlos a todos.

Llegamos al aeropuerto, como el día anterior, solo la parte militar operaba. En un pequeño espacio, se la rebuscaba para ir dejando pasar, muy lentamente (muy) a los pasajeros.

Así fue que esperamos horas, y muy despacio, argentinos ya iban pisando de nuevo algo de su suelo. Los motores se encendían, y estábamos más cerca de salir. Ese despegue, ese primer viraje hacia el Pacífico, nos acercaba un poco más al objetivo.

Haber salido de Lima era un gran primer paso, porque muchas veces lo vimos tan difícil. Pero como en todo, todavía teníamos que llegar a la meta, y para eso faltaban algunas horas.

La vuelta tuvo algo extraño, un deseo de querer sobrevolar suelo argentino, una especie de tranquilidad atada a ese suceso. Porque por ahí este maldito virus nos hace reflexionar de lo nuestro, que pese a que podamos estar disconformes, enojados, cansados, necesitamos estar en un lugar conocido. Nos lleva tranquilidad tener a los nuestros cerca, que hablen nuestro idioma, que nos entiendan, pelearla acá. Por eso, ese cambio de frecuencia, ese control que te dice que te comuniques de nuevo con Argentina, siempre internamente genera algo.

Siendo los únicos en ese cielo, fuimos directo a Ezeiza y pudimos cumplir el objetivo. Un objetivo que no tiene nada de épico, hicimos nuestro trabajo. Pero como en cualquier trabajo, cuando a uno lo sacan de la «normalidad», de esa zona de confort, cuando salís y ves calles vacías, o necesitas un barbijo, o ves esa alegría de llegar de tanta gente, no puede no generarnos nada. Por eso, este vuelo fue tan movilizante.

Y así fue que sumamos algunos más al equipo, a este equipo de 40 millones que la estamos peleando. Algunos en mejor situación que otros, otros con más dificultades, pero todos esperando que esta película de ciencia ficción que veíamos en la tele pase. Una película de la que hoy nos toca ser protagonistas y sin haber leído el guión antes. Pero, lo más importante es que cada uno, desde su lugar, puede ayudar a dejar atrás todo esto, que sea una pesadilla de la que nos despertemos rápido.

Tal vez todo esto nos deje una enseñanza, no sé, nadie lo sabe. Quizá nos haga ver que este mundo hiper conectado sigue necesitando abrazos, sigue necesitando sentarse con amigos, con familia, y que todo eso no lo puede reemplazar nada.

2 comentarios en “Volver a casa

  • el abril 26, 2020 a las 8:29 pm
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    Felicitaciones comandante Emilio y toda la tripulación. Te conozco a través de tu madrina Mercedes, que siempre te recuerda, con orgullo y cariño.

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    • el abril 26, 2020 a las 8:51 pm
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      Muchas gracias Viviana! Que bueno que te haya gustado. Un beso grande.

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