Bitácora de un viaje nómade y rural: Mongolia

Luego de la gran travesía para llegar a Mongolia desde Rusia, arribamos a nuestro hostel (Sunpath Hostel, en la ciudad de Ulán-Bator) y decidimos junto a la encargada del lugar qué tipo de tour tomaríamos los siguientes días, según nuestros gustos y tiempo que pensábamos estar en Mongolia. En general el precio varía, como les hemos contado, por la cantidad de días y la gente que tome el viaje, pudiendo costar de 40 a 70 dólares por persona por día. El hostel se encarga de tu traslado hacia cada aldea y el desierto, y de todos los traslados internos. En general te dejan uno o dos días, según tu elección, en cada lugar, y te van yendo a buscar siempre para llevarte al próximo punto. Reponen el agua cada día y te ayudan en todo lo que necesites. En las carpas autóctonas las familias te ofrecen almuerzo y cena todos los días. Los bolsos los dejas en el hospedaje y viajas a esta aventura con un bolsito de mano para ir más lijero, además de que no vas a necesitar nada más que un libro, relajación y ganas de conectar con la naturaleza.

La mejor idea es charlar con la gente que esté en tu mismo hostel o en grupos de viajes que encuentres online para armar un grupo mayor antes de salir al tour. Cuando son más personas, los tours son más económicos. El tour completo que elijas lo tenes que pagar en efectivo, así que te recomendamos llevar algo de efectivo o cambiar en la ciudad. Los bancos no aceptan tarjetas con chip, gran problema que se nos presentó a nosotros, pero te dejan retirar efectivo con tu tarjeta de crédito desde la caja. Un dato importante es que los bancos abren a las 9 hs.

El hostel y el desayuno estuvieron bastante bien (nos dejaban a disposición tostadas, café con leche, todo en polvo, y té). Hay dispenser de agua fría y caliente disponible para que te sirvas en la cocina del hostel.

La camioneta que nos llevó por todo el recorrido. 
Nuestra salvadora.


Una vez que nos decidimos por el tipo de tour, cambiamos el dinero y nos pusieron a disposición una camioneta con la que partimos al gran viaje por la tierra rural y nómade de Mongolia.

El tour que hicimos de 6 días por el interior de Mongolia

El primer día nos cargaron packs de botellas de agua en la camioneta y salimos temprano a la mañana para el Parque Nacional Gorkhi-Terelj. Al llegar, almorzamos en una carpa ger, también llamadas yurtas, con una familia que nos recibió muy amablemente: este sería el lugar de hospedaje durante todo el día y la primera noche. Luego, apareció la guía que nos hablaba en inglés y viajamos por dentro del parque a ver la piedra con forma de tortuga, visitamos una cueva, subimos al templo de meditación del parque y visitamos el museo de Gengis Kan, que se encuentra dentro de todo el complejo.

Parque Nacional Gorkhi-Terelj.

Este Parque Nacional se encuentra a unos 40 km al este de Ulán-Bator y es muy visitado por los mongoles en fines de semana y en verano. El monumento a Gengis Kan es sin dudas algo que resalta por sobre todo el paisaje verde y abierto. La guía nos contó que es la estatua ecuestre más grande del mundo, y si abonas el ingreso al museo podes subir también a la estatua por una escalera mecánica que te lleva hacia arriba de todo. La vista desde aquí es increíble. Alrededor del círculo en el que se alza la estatua podrás ver otras estatuas ecuestres que simbolizan a los 65 reyes que le sucedieron a Gengis Kan. La leyenda nos cuenta que se levantó este monumento aquí porque fue en donde se encontró el bastón de mando del emperador, y que su mirada se orienta hacia China, desafiante hacia sus conquistas.

El monumento/museo a Gengis Kan.
Desde arriba de todo.

Después, caminamos hacia el Monasterio Aryabal, un templo de meditación, que está dentro del parque. El camino fue por medio de varias piedras empinadas y un pasaje con cartelería que resumía frases y mandamientos del budismo. Al subir, un señor custodiaba la entrada, nos abrió y se ofreció a mostrarnos el lugar. El templo budista por dentro es tan colorido y con tantos detalles que son difíciles de asimilar en una simple entrada. Nos hicieron dejar los zapatos afuera y, luego, caminamos por su alrededor haciendo girar las ruedas de la suerte típicas orientales. Nos sentamos en las alfombras antiguas y aprovechamos el momento para relajar y descansar un poco. El espacio es interesante y único dentro del parque, pero está un poco descuidado y abandonado.

Escalera final al templo.
Entrada al Monasterio Aryabal.
Detalles de la arquitectura en madera.
El templo por dentro.
Lau con la Tortu Piedra.

El segundo día seguimos recorriendo el parque, y a la tarde emprendimos el regreso y una mini mudanza hacia otro campamento en una aldea cercana. Allí nos esperaban para compartir carpa unos viajeros canadienses. Esa noche nos sirvieron la cena en la yurta, alrededor de las 19 hs, y al terminar salimos a caminar con nuestros compañeros de carpa, con quienes nos volveríamos a encontrar en distintos momentos del viaje. Recordamos que aún era de día, el atardecer se hacía lento, demorado. El tiempo ya estaba cambiando de esencia, conectamos el ritmo de nuestras actividades con los ciclos del sol.

Al volver de la caminata con un recorrido que inventamos, tomamos varias tazas de té y compartimos los rituales diarios de la familia cuando ya era de noche. Nos fuimos a dormir. Al otro día nos esperaba otro paseo por la zona, y prepararnos para ir a otro campamento. De a poco nos iríamos acercando cada vez más al desierto de Gobi.

Para andar a camello te recomiendan cubrirte la cabeza, cuerpo y manos por la arena, que vuelva todo el tiempo.

Cuando todo se tornó monocromático: un camino hacia el desierto


El tercer día nos levantamos con el amanecer para desayunar y cargamos todo hacia un nuevo recorrido en la camioneta. El viaje fue largo, el conductor no iba muy rápido, y paramos varias veces para ir al baño y una para comer. Tardamos unas 6 horas en llegar al semi-Gobi. Este es un espacio que está muy cerca al desierto, pero que aún no lo es. Te lo ofrecen cuando no podes llegar hasta el desierto total, porque el viaje hacia allí son un par de horas más, que haríamos dos días después.

Parada técnica, de pie nuestra guía. 

En el semi-Gobi, primero, fuimos a una carpa nómade. Ahí ya nos indicaron en dónde íbamos a dormir: un lugar hermoso, al lado de un acantilado lleno de cabras y cabritos. Después, visitamos otra carpa, en donde la familia nos recibió, y nos dio un té con galletas. Al rato, trajeron los camellos que estaban echados a un costado y salimos a andar con una persona del lugar. Realmente son animales fantásticos, más enormes de lo que creíamos, y tenían muchísimo más pelo del imaginado. Eran altísimos y con una musculatura en las piernas muy raras, parecían personas si las veías de atrás. Antes del anochecer salimos a andar a caballo. El caballo mongol es bajito, flaco y de contextura pequeña. Estaban relajados y descansando todo el día.



Esa noche ayudamos a cocinar unos dumplings de verdura para todos, tuvieron muy en cuenta que uno de nosotros era vegetariano. Comimos en nuestra carpa y la guía que se sumó nos enseñó un juego tipo generala con huesitos de animales. Antes de ir a dormir prendimos la salamandra nosotros, ya estábamos bastante acostumbrados a todos los rituales diarios, y queríamos colaborar. Al principio tocar el abono natural fue extraño, pero después nos dimos cuenta que parecía más una roca que otra cosa.

En los días siguientes continuamos con nuestro recorrido, generamos una rutina de almuerzo y cena diaria con los mongoles y nuestra guía, que durante el día nos acompañaba en alguna caminata. Nos fuimos adentrando más y más en el desierto de Gobi, y cuando cambiábamos de base, nos recibía otra familia en su carpa principal.

Los dos días en el desierto fueron de una tranquilidad irreconocible. Volvimos a andar a camello y sentimos un poco más la necesidad del agua y la falta de esta, entre tanto vacío y soledad. El clima fue más frío y más seco, y conocimos el ambiente hostil del desierto en el que se escucha solo el viento. No crecía casi nada sobre la tierra, o más bien la arena. Era difícil encontrar alguna plantita o algo que no sea todo del mismo tono blanco del desierto que sube y baja. Que se vuelve lento, profundo y movedizo. Fue una estadía muy tranquila y siempre acompañados de los nómades de Mongolia, que vivían en un campamento cercano.

Dormir en una yurta

Las carpas ger o yurtas son construidas en forma circular con una estructura que se trabaja con lana y maderas vistas. En su centro suele haber una salamandra, con una chimenea alta que atraviesa la carpa. Este centro de la carpa superior suele estar abierto para evacuar los gases del calentador.

Cocinando en la yurta.

Consejos para el ingreso y al dormir en la carpa: los mongoles nos dijeron que entremos siempre con el pie derecho, motivo que nos ha llevado a algún que otro tropiezo cuando veníamos desprevenidos, y que orientemos los pies al dormir siempre hacia la puerta. La disposición de las camas ayudó a no tener que pensar mucho en esto último. Algunas yurtas pueden tener bolsas de dormir sobre alguna superficie aislante y otras directamente camas comunes, estructurales. En todos los casos ellos siempre te dan frazadas y todas las noches encienden las calderas.

El fuego vivo: no podemos explicar el calor que hacía en nuestra primera noche en la carpa. Tuvimos un ataque de risa con nuestros compañeros de carpa del calor que hacía, porque los mongoles seguían metiendo abono y nosotros ya no podíamos respirar. La señora que se encargaba de esto nos explicó que el sistema era así: primero se siente mucho calor, y cuando se va apagando, frío polar. Y fue tal cual. A las 5 de la mañana nos despertamos tiritando de frío y nos arropamos con todas las frazadas disponibles, pero no faltaba mucho para levantarnos, y comenzar un nuevo día de aventura.

Como en todo campamento, hay una ger principal que es la cocina/living y las demás con función de dormitorios. Los baños siempre afuera, rústicos y sin puerta, con el pozo, simple y sin vueltas.

Una de las familias que nos hospedó.

Huellas del viento en el desierto.

A veces no hay palabras para expresar
la incertidumbre y la calma simultánea.

Reflexiones viajeras

Varios días después de habernos embarcado a esta aventura por zonas rurales y luego desérticas, nos volvimos llevándonos el recuerdo de la tranquilidad del desierto. La última familia mongola nos agradeció la visita y nos hizo prometerles que volveríamos, algún día. Fue un sentimiento de pertenencia y de acogida que vivimos muy pocas veces en otros lados del mundo. Quizá lo más duro del viaje hacia el exterior de la ciudad haya sido no tener agua disponible, solo las botellas que nos daban todos los días con las que tomábamos y nos lavábamos un poco la cara y las manos, y tampoco tener baños. Al volver en la camioneta reflexionamos bastante con la guía y le explicamos aquellas cosas posibles de cambiar y mejorar que habíamos visto en los campamentos. Ella estaba interesada en saber todo lo que opinábamos de nuestra experiencia, ya sea positivo o negativo, y quería saber qué nos había llevado hasta allá, tan lejos de Argentina. Uno de los aspectos que le destacamos es la falta de agua, que se nota, se vive, y se sufre en la zona. La guía nos contó que el gobierno estaba tratando de poner cloacas y red de agua a todas las zonas rurales y, sobre todo, baños y canillas en lugares públicos.

La vuelta a Ulán-Bator


Cuando volvimos a Ulan-Bator nos bañamos después de varios días y nos fuimos hacia la estación de tren para sacar el ticket que afrontaría el último trayecto, treinta y pico de horas con el destino final: CHINA, Beijing.

Si bien caminamos un poco Ulán-Bator, no recorrimos muchos sitios de la ciudad, pero si dispones de tiempo te recomendamos visitar:

  • Museo Zanabasar: Museo de Bellas Artes.
  • Choijin Templo Lama.
  • Recorrer el Parque Nacional Hustai.
  • Visitar el Monasterio Gandantegchenling.

Nos vemos en China!

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